3 de la mañana y sentía la innoble necesidad de ir hacía el mar, de recoger los trozos de madera que se fusionaban con el agua llevándose lo que alguna vez pudo ser un piano, una teclas, el cuerpo de un músico, los sueños de un bastardo o la ironía de alguien que la usaba como arma de sus más terribles crónicas y mentiras periodísticas.
En el periodismo no hay amigos, me dijo el doctor Salazar, alcanzándome un frasco de pastillas con una tarjeta que me indicaba la hora en la que debía ingerir cada una de esas píldoras y otros medicamentos, que sin duda tomaría sin precaución y con el conocimiento de que me llevarían hacia algo más que interesante. ¿Interesante? Me resultaba curioso que un capo de la medicina me diera cátedra sobre periodismo, qué sabe él, me cuestione mientras abandonaba la clínica.
El sudor de mis manos no paraba de brotar, los remordimientos de lo que hice o lo que estaba por hacer eran tan profundos como agujas que destruían mi carne, carcomían mis entrañas. El reloj de pared me cansó hace más de media hora, por lo que desconectarlo fue la decisión correcta, el reloj de pulsera estaría bien para escuchar la voz de Veronika diciéndome que había asesinado al gusano de Carlos Romaña. Él era una ser vil y cruel, no le templaba la mano para lanzar una de sus corruptas y asquerosas columnas sobre cualquiera que se pusiera en su camino o que con un mínimo de talento intentara quitarle su mal ganado lugar en la página 16 de el Heraldo.
Ese era Romaña, claro que no fue difícil seguirlo un par de semanas, encontrando cada una de sus mentiras en las denuncias hechas por años desde el Heraldo, bastaba una cámara bien posicionada para fotografiarlo y tener las pruebas de que precisamente no eran hombres respetables con lo que solía reunirse los viernes por la tarde.
Veronika era algo sensible puesto que no le gusto que Romaña metiera sus narices en los artículos publicados entre enero y febrero por ella, señalando que había adulterado la fecha de emisión de un documento firmado entre el asesor del Ministro Delgado-Fernández y el dueño de la minera Orión, de Nombre Franco Lanzáburu, hombre al que fotografié el pasado viernes por la tarde reuniéndose con Romaña.
Verónika pensó en asesinarlo, aunque seguro más que la mentira sobre la autenticidad de la fecha del documento, le dolió que Romaña le recordara su accidentado pasado como pianista, mofándose del mismo. En mi opinión ella era muy buena.
Ahora espero la llamada de Verónika, quien se encargará de pactar un especial de 5 páginas en el periódico que contendrá documentación, fotografías, en resumen las pruebas suficientes para hundir de una vez por todas ese infeliz, que para nosotros es como matarlo, sacarlo de su página 16 y que sea reemplazado por una columna de esoterismo o de gastronomía.
La elección fue darle muerte, como él lo hizo con tantas personas, que inocentes o no cayeron víctimas del atropello disfrazado de buen periodismo.